Marxismo

A más de un siglo de su muerte, Karl Marx permanece como una de las figuras más controversiales del mundo occidental. Su incansable crítica al capitalismo y su promesa correspondiente de un futuro socialista armonioso e inevitable, inspiraron una revolución de proporciones globales. Parecía que -con la revolución Bolchevique en Rusia y la expansión del comunismo en toda Europa del Este- el sueño Marxista finalmente había sembrado sus raíces durante la primera mitad del siglo veinte.

Ese sueño colapsó antes de que el siglo hubiera terminado. Los pueblos de Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, Alemania del Este, Rumanía, Yugoeslavia, Bulgaria, Albania y la URSS, rechazaron la ideología Marxista y entraron en una impresionante transición hacia derechos de propiedad privados y al sistema de intercambio de mercado, transición que aún se está dando. ¿Qué aspectos del Marxismo crearon tan poderosa fuerza revolucionaria? Y, ¿qué explica su desaparición real? Las respuestas yacen en algunas de las características generales del Marxismo –de su economía teoría social y visión general.

LA TEORÍA DEL VALOR TRABAJO

La teoría del valor trabajo es un pilar primordial de la economía Marxista tradicional, lo que es evidente en la obra maestra de Marx, El Capital (1867). La aseveración básica de la teoría es simple: el valor de una mercancía puede ser objetivamente medido, por el número de horas laborales promedio requeridas para producir ese bien.

Por ejemplo, si para producir un par de zapatos usualmente se requiere el doble de tiempo que para hacer un par de pantalones, entonces, los zapatos serán el doble de valiosos que los pantalones. En el largo plazo, los precios competitivos de los zapatos serán el doble del precio de los pantalones, independientemente del valor de los insumos físicos.

Aunque la teoría del valor trabajo es demostrablemente falsa, prevaleció entre los economistas clásicos hasta la mitad del siglo diecinueve. Por ejemplo, Adam Smith flirteó con una teoría del valor trabajo en su defensa clásica del capitalismo, La Riqueza de las Naciones (1776), y David Ricardo la sistematizó luego en sus Principios de Economía Política (1817), un texto estudiado por generaciones de economistas de libre mercado.

De manera que la teoría del valor trabajo no era exclusiva del Marxismo. Sin embargo, Marx intentó dirigir la teoría en contra de los campeones del capitalismo, empujándola en una dirección que, a fin de seguirla, la mayoría de los economistas la pensó. Marx arguyó que la teoría podía explicar el valor de todos los bienes, incluyendo la mercancía que los trabajadores les venden a los capitalistas, a cambio de un salario. Marx llamó a esa mercancía “fuerza laboral.”

La fuerza laboral es la capacidad del trabajador para producir bienes y servicios. Marx, usando los principios de la economía clásica, explicó que el valor de la fuerza laboral debe depender del número de horas que le toma a la sociedad, en promedio, alimentar, vestir y dar abrigo al trabajador, de manera que así él o ella tienen la capacidad para trabajar. En otras palabras, los salarios a largo plazo que los trabajadores recibirán, dependen del número de horas que una persona, que está calificada para trabajar, toma para producir. Suponga que se necesitan cinco horas de trabajo para alimentar, vestir y proteger a un trabajador diariamente, de forma que el trabajador esté capacitado para trabajar la mañana siguiente. Si una hora de trabajo es igual a un dólar, el salario correcto sería de cinco dólares al día.

Luego, Marx formuló una pregunta aparentemente devastadora: si todos los bienes y servicios en una sociedad capitalista, tienden a ser vendidos a los precios (y salarios) que reflejan su verdadero valor (medido por horas de trabajo), ¿cómo puede ser que los capitalistas disfrutan de ganancias –aún si fuera tan sólo en el corto plazo? ¿Cómo hacen los capitalistas para exprimir un residuo entre el ingreso y el costo total?

Los capitalistas, respondió Marx, deben disfrutar de una posición privilegiada y poderosa como propietarios de los medios de producción, de forma que les permita ser capaces de explotar despiadadamente a los trabajadores. Aunque el capitalista les pague el salario correcto a los trabajadores, de alguna manera -Marx fue terriblemente vago en esto- el capitalista hace que los trabajadores laboren más horas que las necesarias para crear la fuerza de trabajo del obrero. Si el capitalista le paga a cada trabajador cinco dólares al día, puede mandar a los trabajadores para que, digamos, laboren doce horas al día –un día de trabajo nada desconocido durante la época de Marx. Por lo tanto, si una hora de trabajo equivale a un dólar, los trabajadores producen doce horas de valor de productos para el capitalista, pero son pagados por tan sólo cinco. En resumen, los capitalistas extraen “plusvalía” de los trabajadores y así disfrutan de ganancias monetarias.

Aunque Marx trato de usar la teoría del valor trabajo en contra del capitalismo extendiéndola a sus límites, sin proponérselo demostró la debilidad de la lógica de la teoría y de los supuestos subyacentes. Marx estaba en lo correcto, cuando alegaba que los economistas clásicos habían fracasado en cuento a explicar adecuadamente las utilidades de los capitalistas. Pero, Marx también falló. A finales del siglo diecinueve, la profesión de la economía rechazó la teoría del valor trabajo. Ahora la corriente principal de economistas cree que los capitalistas no obtienen ganancias explotando a los trabajadores. En vez de ello, los empresarios capitalistas obtienen ganancias al posponer su consumo actual, asumir riesgos y organizar la producción.

LA ALIENACIÓN

Sin embargo, hay algo más allá en el Marxismo que la teoría del valor trabajo y la crítica de Marx a la búsqueda de utilidades. Marx entretejió a la economía y a la filosofía a fin de construir una gran teoría acerca de la historia humana y del cambio social. Por ejemplo, su concepto de alienación, primeramente articulado en sus Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 [Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844], juega un papel clave en su crítica al capitalismo.

Marx creía que la gente, por naturaleza, es libre, seres creativos que tenían el potencial de transformar totalmente al mundo. Sin embargo, él observó que el mundo moderno, desarrollado tecnológicamente, está aparentemente más allá de nuestro control. Por ejemplo, Marx condenó al libre mercado por ser “anárquico” o ingobernable. Mantuvo que la forma en que la economía es coordinada -por medio de la compra y venta espontánea de propiedad privada, dictadas por las leyes de la oferta y la demanda- frena nuestra habilidad para tomar control de nuestros destinos individuales y colectivos.

Marx condenó al capitalismo como un sistema que aliena a las masas. Su razonamiento era el siguiente: aun cuando los trabajadores producen cosas para el mercado, las fuerzas del mercado, no los trabajadores, controlan las cosas. La gente es requerida para que trabaje para los capitalistas, quienes tienen el pleno control de los medios de producción y mantienen el poder en el sitio de trabajo. El trabajo, dijo él, se convierte en algo degradante, monótono y apropiado para las máquinas, en vez de serlo para gente libre, creativa. Al final de cuentas, la gente en sí se convertía en objetos –mecanismos tipo robot que han perdido la conexión con la naturaleza humana, quienes toman decisiones basadas en frías consideraciones de pérdidas o ganancias, con poca preocupación por el valor y la necesidad humana. Marx concluyó que el capitalismo bloquea nuestra capacidad para crear nuestra propia sociedad humana.

La noción de Marx de la alienación descansa en un supuesto crucial, pero endeble. Asume que la gente puede exitosamente abolir una sociedad avanzada basada en el mercado y reemplazarla con una sociedad democrática, planificada comprensivamente. Marx alegaba que estamos alienados no sólo porque muchos de nosotros trabajamos duro en empleos tediosos, tal vez hasta degradantes, o también porque, al competir en el mercado, tendemos a poner la rentabilidad por encima de la necesidad humana. El tema no es acerca del trabajo duro versus la felicidad. Estamos alienados, sostenía él, porque aún no hemos diseñado una sociedad que sea plenamente planificada y controlada, una sociedad sin competencia, pérdidas y ganancias, dinero, propiedad privada, etcétera –una sociedad que, predijo Marx, debe inevitablemente aparecer, al avanzar el mundo a través de la historia.

Aquí yace el problema mayor con la teoría de la alienación de Marx: aún con el último desarrollo en tecnología de computación, no podemos crear un sistema comprensivamente planificado, que ponga fin a la escasez y a la incertidumbre. Sin embargo, para que los Marxista hablen de alienación bajo el capitalismo, deben asumir que es posible un mundo exitosamente planeado. Esto es, Marx creía que, bajo el capitalismo, estamos “alienados” o “separados” de nuestro potencial para creativamente planificar y controlar nuestro destino colectivo. No obstante, si en la práctica no funciona la planificación socialista comprensiva -en efecto, si es una imposibilidad, tal como hemos aprendido de Mises y Hayek- entonces, no podemos estar “alienados”, según el término usado por Marx. No podemos estar realmente separados de nuestro “potencial” para planificar comprensivamente a las economías, si la planificación comprensiva es un imposible.

EL SOCIALISMO CIENTÍFICO

Firme anti-utópico, Marx aseveró que su crítica al capitalismo se basaba en los últimos desarrollos de la ciencia. Llamó a su teoría “socialismo científico”, para claramente distinguir su enfoque de aquel de otros socialistas (por ejemplo, Henri de Saint-Simon y Charles Fourier), quienes parecían estar más contentos soñando acerca de alguna sociedad ideal del futuro, sin comprender cómo realmente funcionaba la sociedad existente.

El socialismo científico de Marx combinó su economía y filosofía -incluyendo su teoría del valor trabajo y el concepto de alienación- para demostrar que, en todo el curso de la historia humana, se ha desarrollado una profunda lucha entre “los que tienen” y “los que no tienen”. Específicamente, Marx sostuvo que el capitalismo se había fracturado en una guerra entre dos clases: la burguesía (la clase capitalista, dueña de los medios de producción) y el proletariado (la clase trabajadora, la cual está a merced de los capitalistas). Marx afirmó que él había descubierto las leyes de la historia, leyes que exponen las contradicciones del capitalismo y la necesidad de la lucha de clases.

Marx predijo que la competencia entre capitalistas llegaría a ser tan fiera que, eventualmente, más capitalistas irían a la quiebra, dejando sólo a unos pocos monopolistas en control de casi toda la producción. Ésta era, para Marx, una de las contradicciones del capitalismo: la competencia, en vez de crear mejores productos a menores precios para los consumidores, en el largo plazo crea monopolios que explotan, tanto a trabajadores, como a consumidores. ¿Qué pasaba con los anteriores capitalistas? Caían en las filas del proletariado, creando una oferta de trabajo mayor, una caída en los salarios y en lo que Marx llamó un creciente ejército de reserva de los desempleados. También, pensó Marx, la naturaleza anárquica, sin planificación, de una economía de mercado compleja, la hace propensa a crisis económicas, al no empatar las ofertas y las demandas, ocasionando fuertes oscilaciones en la actividad económica y, en última instancia, severas depresiones en la economía.

Entre más avanzada llega a ser la economía capitalista, sostuvo Marx, mayores son esas contradicciones y conflictos. Entre más riqueza crea el capitalismo, más siembra las semillas de su propia destrucción. En última instancia, el proletariado se dará cuenta de que tiene el poder colectivo para derribar a los pocos capitalistas aún existentes y, con ellos, a todo el sistema.

El sistema capitalista entero -con su propiedad privada, dinero, intercambio en los mercados, contabilidad de pérdidas y ganancias, mercados de trabajo, etcétera- debe ser abolido, pensó Marx, y reemplazado por un sistema económico auto-administrado y plenamente planificado, que traiga un final absoluto a la explotación y a la alienación. Una revolución socialista, sostuvo Marx, es inevitable.

UNA EVALUACIÓN

Ciertamente, Marx era un pensador profundo, quien se ganó legiones de adherentes en todo el mundo. Sin embargo, sus predicciones no ha soportado la prueba del tiempo. Aunque los mercados capitalistas han transformado durante los últimos 150 años, la competencia no ha evolucionado hacia un monopolio. Los salarios reales se han elevado y las tasas de ganancias no se han reducido. Ni tampoco se ha desarrollado un ejército de reserva de los desempleados. Tenemos episodios con el ciclo de los negocios, pero más y más economistas creen que las recesiones y depresiones significativas pueden ser, más el resultado no previsto de la intervención gubernamental (a través de la política monetaria llevada a cabo por los bancos centrales y por las políticas gubernamentales de impuestos y gastos), que por una característica inherente a los mercados, como tales.

Para estar claros, las revoluciones socialistas se han presentado en todo el mundo, pero nunca en donde lo había predicho la teoría de Marx –en los países capitalistas más avanzados. Por el contrario, el socialismo fue impuesto sobre naciones pobres del llamado Tercer Mundo. Y esas revoluciones, sin quererlo, condenaron a las masas a una pobreza sistemática y a la dictadura política. En la práctica, el socialismo fracasó absolutamente en crear una sociedad no alienada, auto-administrada y plenamente planeada. Fracasó en emancipar a las masas y, en vez de ello, las aplastó con estatismo, dominación y el abuso aterrorizador del poder del estado.

Las naciones que han permitido los derechos de propiedad privada y un pleno intercambio de mercado, en contraste con aquellas “repúblicas socialistas democráticas” del siglo veinte, han disfrutado a largo plazo de niveles notables de crecimiento económico. Las economías de libre mercado elevan a las masas de la pobreza y crean las condiciones institucionales necesarias para la libertad política, en general.
Marx simplemente no logró lo que quería. Ni tampoco sus seguidores. La teoría del valor de Marx, su filosofía acerca de la naturaleza humana y sus manifestaciones de que había descubierto las leyes de la historia, encajan para ofrecer una visión compleja y grandiosa de un nuevo orden mundial. Si los primeros tres cuartos del siglo veinte comprobaron ser un campo de pruebas para esa visión, al final del siglo se demostró su naturaleza verdaderamente utópica y su impracticabilidad definitiva.

Con posterioridad al colapso del comunismo, el Marxismo tradicional, al cual tantos economistas de la corriente prevaleciente criticaron incansablemente durante décadas, está siendo seriamente cuestionado por un número creciente de radicales desilusionados y por antiguos Marxistas. Hoy en día, existe un post-Marxismo vibrante, asociado con los esfuerzos de aquellos activos en la revista académica Rethinking Marxism, por ejemplo. En vez de tratar de resolver acertijos esotéricos acerca de la teoría del valor trabajo o de ofrecer nuevos modelos teóricos de una economía planificada, muchos de los más ingeniosos post-Marxistas de hoy en día, aprecian al análisis marginal y a los problemas de conocimiento e incentivos de la acción colectiva. En esta nueva literatura, Friedrich Hayek parece estar teniendo una recepción más positiva que el propio Marx. Exactamente que surgirá de esto, es difícil de predecir, pero es poco posible que lucirá como el Marxismo del pasado.


ACERCA DEL AUTOR
David L. Prychitko es profesor de economía en la Universidad del Norte de Michigan.


LECTURAS ADICIONALES

Boettke, Peter J. The Political Economy of Soviet Socialism: The Formative Years, 1918–1928. Boston: Kluwer, 1990.

Böhm-Bawerk, Eugen von. Karl Marx and the Close of His System.1896. Reimpresión. Clifton, N.J.: Augustus M. Kelley, 1975.

Burczak, Theodore. Socialism After Hayek. Ann Arbor: University of Michigan Press, 2006.

Elliot, John E., ed. Marx and Engels on Economics, Politics, and Society: Essential Readings with Editorial Commentary. Santa Monica, Calif.: Goodyear, 1981.

Hayek, Friedrich A. The Fatal Conceit: The Errors of Socialism. Edited by W. W. Bartley III. Chicago: University of Chicago Press, 1988.

Kolakowski, Leszek. Main Currents of Marxism. 3 vols. New York: Oxford University Press, 1985.

Prychitko, David L. Markets, Planning, and Democracy: Essays After the Collapse of Communism.Northampton, Mass.: Edward Elgar, 2002.

Prychitko, David L. Marxism and Workers’ Self-Management: The Essential Tension. Westport, Conn.: Greenwood Press, 1991.


Traducción por Jorge Corrales.

Autores Invitados
Autores Invitados
Este artículo pertenece a un autor invitado. Cada cierto tiempo publicamos artículos de los más importantes autores libertarios, liberales clásicos y amantes de la libertad.

Deja un comentario