PROTECCIONISMO

El hecho de que la protección comercial daña a la economía del país que la impone, es una de las más antiguas y, a la vez, la idea más sorprendente que la economía puede ofrecer. La idea va muy hacia atrás, al origen de la ciencia de la economía en sí. Adam Smith en La Riqueza de las Naciones, la cual dio lugar al nacimiento de la economía, ya incorporaba el argumento en favor del libre comercio: al especializarse en la producción, en vez de producir de todo, cada nación se beneficiaría con el libre comercio. En la economía internacional es la contraparte directa de la proposición de que las personas, dentro de una economía nacional, estarán mejor si se especializan en lo que mejor hacen, en vez de tratar de ser auto-suficientes.

Es importante distinguir entre el caso en favor del libre comercio para uno mismo, del caso de libre comercio para todos. El primero es un argumento del libre comercio, para mejorar el bienestar propio de la nación de uno (el llamado argumento de la eficiencia nacional). El último es un argumento en favor del libre comercio, para mejorar el bienestar de cada país que comercia (el llamado argumento de la eficiencia cosmopolita).

Detrás de ambos casos, está el supuesto de que los mercados libres determinan los precios y que no hay fracasos del mercado. Pero, los fracasos del mercado ocurren. Por ejemplo, un fracaso de mercado surge cuando quienes contaminan no tienen que pagar por la contaminación que producen. Sin embargo, tales fracasos del mercado o “distorsiones” igualmente pueden surgir a causa de la acción gubernamental. Así, por ejemplo, los gobiernos pueden distorsionar los precios al subsidiar la producción, tal como los gobiernos europeos lo han hecho con la industria aeroespacial, tal como muchos otros gobiernos lo han hecho con la electrónica y el acero y como lo hacen los países ricos con la agricultura. O los gobiernos pueden proteger inadecuadamente a la propiedad intelectual, conduciendo a una sub-producción de nuevo conocimiento; también pueden sobre-protegerla. En tales casos, la producción y el comercio, guiados por precios distorsionados, no serán eficientes.

El caso en favor del libre comercio por la eficiencia cosmopolita es relevante para temas tales como los regímenes del comercio internacional. Por ejemplo, el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT por sus siglas en inglés), incorporado dentro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995, supervisa al comercio mundial entre los países miembros, tal como el Fondo Monetario Internacional supervisa la macroeconomía internacional y las tasas de cambio. El caso en favor del libre comercio por la eficiencia nacional, tiene que ver con las políticas comerciales nacionales; en efecto, es el caso de Adam Smith en favor del libre comercio. Los economistas típicamente tienen en mente el caso de la eficiencia nacional, cuando discuten la ventaja del libre comercio y la estupidez del proteccionismo.

Este caso, el cual se ha refinado enormemente por economistas en el período de postguerra, admite dos posibilidades teóricas principales, en las que la protección podría mejorar el bienestar económico de una nación. La primera, que el mismo Adam Smith hizo saber, en donde un país puede usar la amenaza de protección, para lograr que otros países reduzcan su protección en contra de las exportaciones de aquél. Así, la amenaza de una protección podría ser una herramienta para apalancar una apertura de los mercados externos, tal como en el caso de las ostras, con “una navaja retráctil fuerte”, como lo expuso Lord Randolph Churchill a fines del siglo XIX. Si la amenaza proteccionista funcionaba, entonces, el país que la hacía ganaba por partida doble: por su posición propia de libre comercio y por el libre comercio de sus socios comerciales. No obstante, tanto Smith, como economistas que le sucedieron en Inglaterra, temieron que tales amenazas no funcionarían. Temieron que la protección impuesta como una amenaza, se convertiría en algo permanente y que la amenaza nunca reduciría las barreras comerciales de los otros países.

La política comercial actual de los Estados Unidos se sustenta en una valoración diferente: que los Estados Unidos puede, y debería, cerrarse como un medio para abrir nuevos mercados en el exterior. Esta premisa subyace en las secciones 301-310 de la Ley de 1988 de temas diversos sobre Competitividad y Comercio [Omnibus Trade and Competitiveness Act], la cual permite y, algunas veces, requiere, que el gobierno de los Estados Unidos fuerce a otros países para que acepten nuevas obligaciones comerciales, amenazándolos con tarifas como represalias, si no lo hacen. Pero, estas “obligaciones comerciales” no siempre conllevan el libre comercio. Por ejemplo, pueden tomar la forma de cuotas voluntarias de sus exportaciones de ciertos bienes hacia los Estados Unidos. Así, simplemente pueden obligar a naciones más débiles para que redirijan su comercio en formas que desean otras naciones fuertes, cambiando de plano el principio de que el comercio debería ser dirigido por los precios del mercado.

La segunda excepción, con la cual la protección podría mejorar el bienestar económico, se da cuando un país tiene un poder monopólico sobre un bien. Desde la época de Robert Torrens y John Stuart Mill -esto es, desde mediados del 1800- los economistas han argüido que un país que produce un gran porcentaje de la oferta mundial de un bien, puede usar una “tarifa óptima” para tomar ventaja de su poder monopólico latente y así ganar más con el comercio. Esto es, por supuesto, lo mismo que decir que un monopolista maximizará sus ganancias, aumentando su precio y reduciendo su producción.

Inmediatamente vienen a la mente dos objeciones a este segundo argumento. La primera es que, con raras excepciones, tales como la OPEP, pocos países parecen tener un poder monopólico significativo en suficientes bienes, como para hacer de ésta una excepción práctica importante de la regla del libre comercio. La segunda, que otros países pueden tomar medidas de represalia en contra del arancel óptimo. Por lo tanto, la posibilidad de una explotación exitosa del poder monopólico (esto es, que aumente el bienestar), se convierte en algo bastante dudosa. Varios economistas, entre ellos Avinash Dixit, Gene Grossman y Paul Krugman, formaron su reputación académica hallando casos teóricos, en los cuales los mercados oligopólicos permiten a los gobiernos usar aranceles a las importaciones, para mejorar su bienestar nacional; pero, incluso estos investigadores han aconsejado fuertemente en contra de políticas proteccionistas. Su consejo se basa fundamentalmente en el hecho de que los gobiernos raramente tienen la información requerida, para saber adónde aplicar los aranceles.

Uno bien podría pensar que cualquier fracaso del mercado sería una razón para la protección. De hecho, los economistas cayeron en esta trampa por casi dos siglos, hasta la década de 1950. Los economistas afirman ahora que, en vez de aquello, la protección es una manera inapropiada e ineficiente para corregir los fracasos domésticos de los mercados. Por ejemplo, si los salarios no se ajustan lo suficientemente rápido, cuando cae la demanda del producto de una industria, como fue el caso con los trabajadores de la industria automovilística de los Estados Unidos, cuando perdió posición ante la competencia externa, la política apropiada era que el gobierno interviniera directamente en el mercado de trabajo -o, posiblemente, que removiera su intervención- dirigiendo la política correctiva directamente a la fuente del problema. Esta es la idea principal de la post-guerra en la teoría acerca de la política comercial: reduce significativamente la lógica para el proteccionismo y ha revolucionado al entendimiento convencional, acerca de los méritos comparativos del libre comercio y del proteccionismo.

Muchos economistas también creen que, aún si la protección fuera apropiada en teoría, en la práctica sería “capturada” por los grupos que la usarían mal para lograr sus propios intereses estrechos, en vez del interés nacional. Un costo claro de la protección es que el país que la impone obliga a sus consumidores a dejar de obtener importaciones baratas. Pero, otro costo importante de la protección bien puede ser los costos de hacer lobby [cabildeo], en que incurren aquellos quienes buscan protección. Estas actividades de cabildeo, ahora extensivamente estudiadas por economistas, son descritas de distintas manera, como búsqueda de rentas o actividades directamente improductivas en la búsqueda de rentas. Son improductivas porque producen ganancias o ingresos para aquellos quienes hacen el cabildeo, sin que se cree un producto valioso para el resto de la sociedad.

El proteccionismo se aparece de maneras ingeniosas. Cuando los proponentes del libre comercio lo reprimen en algún lugar, se aparece de repente en otro. Los proteccionistas siempre parecen estar un paso adelante de los libre-cambistas, en cuanto a crear nuevas formas de protegerse ante los competidores extranjeros. Una manera es reemplazando las restricciones a las importaciones con lo que eufemísticamente se les llama restricciones “voluntarias” a las exportaciones (RVE) o con acuerdos de mercados “ordenados” (AMO). En vez de que el país importador restrinja las importaciones por medio de cuotas o aranceles, el país exportador restringe sus exportaciones. El efecto proteccionista es el mismo. La diferencia real, lo cual hace que las naciones exportadoras prefieran las restricciones a las exportaciones a las restricciones a las importaciones, es que las RVE permiten a los exportadores cobrar precios más altos y así obtener, para ellos mismos, el beneficio de precios más elevados causados por la protección. Este ha sido el caso con las cuotas voluntarias a las exportaciones de carros del Japón hacia los Estados Unidos. Los Estados Unidos podrían haber tenido bajo control a las importaciones de carros japoneses, poniéndoles un arancel. Eso habría elevado el precio, de manera que los consumidores habrían comprado menos. En vez de ello, el gobierno japonés limitó el número de carros enviados a los Estados Unidos. Puesto que se redujo la oferta en más de lo que habría sido en ausencia de las cuotas, los fabricantes japoneses de carros estuvieron en capacidad de cobrar precios más elevados y continuar vendiendo todas sus exportaciones a los Estados Unidos. Las utilidades extra devengadas por la restricción voluntaria de las exportaciones, también puede, irónicamente, haber ayudado a los fabricantes japoneses de autos, a obtener los fondos para realizar inversiones que los hizo aún más competitivos.

También, el crecimiento de las RVEs en la década de 1980 constituyó un desarrollo perturbador por una segunda razón. Ellas selectivamente seleccionan a los suplidores, en vez de dejar que el mercado decida quién pierde cuando el comercio deba ser restringido. Como una alternativa, los Estados Unidos podrían brindar la misma protección a los productos domésticos de autos, poniendo una cuota o un arancel a todos los vehículos extranjeros, dejando que sean los consumidores quienes deciden si ellos querrían comprar menos carros japoneses o menos europeos. En otras palabras, con las RVEs, la política reemplaza a la eficiencia económica, como el criterio determinante acerca de quién comercia qué cosa.

Recientemente, el proteccionismo se ha presentado en otra forma más insidiosa que las RVEs. Los economistas lo llaman “protección administrada”. Casi todos los países ricos tienen en la actualidad leyes de “comercio justo.” El propósito señalado para estas leyes es doble: para asegurarse que las naciones extranjeras no subsidian a sus exportaciones (lo cual distorsionaría los incentivos del mercado y, por tanto, destruiría la asignación eficiente de la actividad entre las naciones del mundo) y para garantizar que las firmas extranjeras no hacen un dumping de sus exportaciones, de manera depredadora. Así, los gobiernos nacionales suministran los procedimientos mediante los cuales se puede imponer un arancel compensatorio (AC) en contra del subsidio del extranjero o bien imponer un arancel anti-dumping (AA), cuando se dan el subsidio o el dumping. Estos dos mecanismos de “comercio justo” se supone que complementan al comercio libre.

No obstante, en la práctica, cuando aumenta la presión proteccionista, el comercio justo es mal empleado para que opere en contra del comercio libre. Así, las acciones AC y AA a menudo son iniciadas en contra de firmas exitosas del extranjero, simplemente para hostigarlas y obligarlas a que acepten RVEs. Prácticas que son totalmente normales en casa, son proscritas por predatorias cuando son firmas extranjeras las que las llevan a cabo. Tal como lo expresó un analista de temas de comercio, “si las mismas leyes anti-dumping fueran aplicadas a las compañías de los Estados Unidos, cada promoción de ventas después de la Navidad, sería prohibida.”

Gran parte del análisis económico muestra que, en los años de 1980, los mecanismos de comercio justo se convirtieron crecientemente en instrumentos proteccionistas, usados injustamente en contra de la competencia extranjera. Por ejemplo, los productores de arroz de los Estados Unidos lograron que se cobrara un arancel compensatorio en contra del arroz de Tailandia, al establecer que el gobierno tailandés estaba subsidiando sus exportaciones de arroz en menos de un uno por ciento –e ignorando el hecho de que, también, Tailandia imponía un impuesto del 5 por ciento sobre sus exportaciones. Usualmente pensamos que una firma extranjera está haciendo dumping, cuando vende a un precio menor en nuestro mercado, en comparación con el suyo propio. Pero, el gobierno de los Estados Unidos tomó una acción anti-dumping en contra de las exportaciones de Polonia de carretillas para jugar golf, aun cuando en Polonia no se vendía ni una de ellas.

Los economistas han estado pensando recientemente acerca de cómo estos mecanismos de comercio justo pueden ser rediseñados, de manera que se aíslen de ser “capturados” y mal empleados por los grupos de presión. Las ideas incluyen la creación de procesos de sentencias binacionales, opuestos a uno puramente nacional, que aseguraría una mayor imparcialidad, tal como está en el Tratado de Libre Comercio entre Canadá y los Estados Unidos y que luego fue incorporado en el extendido Acuerdo de Libre Comercio de Norte América, el cual incluye a México. También, una posibilidad es un uso mayor de los procedimientos para la resolución de conflictos de la OMC y una rápida aceptación de sus resultados.

Crecientemente, los productores domésticos han nombrado como “comercio injusto” a una variedad de políticas e instituciones extranjeras. Así, los oponentes al Acuerdo de Libre Comercio México-Estados Unidos, alegaron que el libre comercio entre las dos naciones era imposible, debido a las diferencias entre las reglas laborales y medioambientales de México. La letanía de objeciones en contra de un libre comercio ganancioso, provenientes de estas supuestas fuentes de comercio injusto (o, en su sinónimo evocador, “la ausencia de campos de juego nivelados), no tiene límite. Aquí yace una nueva y poderosa fuente de ataque a los principios del libre comercio.

Las inquietudes actuales acerca del proteccionismo se extienden a dos asuntos principales. Primero, la exclusión del proteccionismo agrícola de países ricos, principalmente en forma de subsidios a la producción y al comercio, exentos de la disciplina del GATT por una dispensa en 1965, la cual finalmente está siendo desafiada efectivamente. Esto es bueno para el libre comercio universal. Segundo, el análisis económico ha estado profundamente preocupado con la proliferación de acuerdos de libre comercio bilaterales, ahora conocidos como acuerdos comerciales preferenciales (ACP), que, en el momento en que esto se escribe [2008], llegan a ser casi unos trescientos. Gracias a estos ACPs y a la extensión masiva de un tratamiento preferencial y especial a los países pobres, bajo los cuales obtienen diversas exenciones del arancel de nación más favorecida (NMF), se ha presentado una erosión seria y sistemática al principio de NMF, el cual aseguraba que cada nación que comerciaba y que era parte del GATT, debería disfrutar del arancel de NMF -esto es, del más bajo- que los otros países gozaban. Esto es malo para un libre comercio universal.


ACERCA DEL AUTOR

Jagdish Bhagwati es profesor universitario de la Universidad de Columbia y es miembro sénior del Consejo de Relaciones con el Extranjero de los Estados Unidos. Fue asesor de política económica del director general del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (1991-1993) y consejero especial para las Naciones Unidas en globalización. El periódico The Financial Times le ha llamado “el decano de los economistas que está trabajando acerca del comercio internacional.”


LECTURAS ADICIONALES
Bhagwati, Jagdish. Free Trade Today. Princeton: Princeton University Press, 2002.
Bhagwati, Jagdish. In Defense of Globalization. New York: Oxford University Press, 2004.
Bhagwati, Jagdish. Protectionism. Cambridge: MIT Press, 1988.
Dixit, Avinash. “International Trade Policy for Oligopolistic Industries.” Economic Journal 94 (1983): 1–16.
Grossman, Gene. “Strategic Export Promotion: A Critique.” En Paul Krugman, editor, Strategic Trade Policy and the New International Economics. Cambridge: MIT Press, 1986.
Krugman, Paul, editor, Strategic Trade Policy and the New International Economics. Cambridge: MIT Press, 1986.
World Trade Organization. Report on the Future of the WTO. Geneva, Switzerland, 17 de enero del 2004.

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Este artículo pertenece a un autor invitado. Cada cierto tiempo publicamos artículos de los más importantes autores libertarios, liberales clásicos y amantes de la libertad.

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