Los defensores del comunismo todavía no lo entienden

A pesar de una evidencia amplia de que nada bueno surge de él, hay gente que aún insiste en defender al comunismo.

Por: Kristian Niemietz Fundación para la Educación Económica

Cuando tenía alrededor de 16 años, como muchos de mis amigos, pasé por una breve “fase de comunista juvenil”. Obviamente, no sabía nada acerca de la teoría marxista o de la historia del socialismo. Todo lo que sabía era que el comunismo se consideraba como algo “in” y rebelde. Significaba aplastar al sistema, derrocar al régimen –ese tipo de cosas.

Si alguna vez se inventa viajar en el tiempo, espero no tener nunca que encontrarme con mi propio yo de 16 años, porque encontraría que intensamente provoca ganas de llorar. No obstante, me siento contento de haber pasado por esa fase. Me salvó de algo peor. Nada hay más patético que cuando alguien, que no pasó por la fase de comunista juvenil, trata de sobre-compensar eso en su edad mediana. Lo cual nos lleva hacia Paul Mason.

Mason estará celebrando esta semana el centenario de la Revolución Rusa. Usted probablemente ya sabía eso, porque él ha estado toda la semana vociferándolo (shouting about it) desde todos los techos (rooftops) virtuales. También escribió un artículo terriblemente confuso (a terribly confused article) para el periódico Guardian, en una especie de explicación, pero sin que, en realidad, explicara por qué lo estaba celebrando. Mason se distancia a sí mismo del bolchevismo, pero insiste en que “la Revolución Rusa fue una intervención por las masas en la historia, como la [Revolución] Francesa previamente.” Así que, debe ser algo bueno, ¿verdad? Porque, por supuesto, las Masas (the Masses) son puras y nobles, son los hijos del trabajo, la sal de la tierra.

Es el tipo de artículo que usted esperaría de alguien que no puede dedicarse a defender abiertamente a la Unión Soviética, con todo y sus verrugas (como su camarada Corbynista Seumas Milne lo ha hecho en numerosas ocasiones (has done on numerous occasions)), pero que tampoco podía propiamente renunciar a ello. Mason alega que en octubre de 1917 “hubo un faro para el resto de la humanidad, no importando qué tan poco duraría.” No tan así. Fue imposible de lograr. Desafortunadamente, no podemos saber cómo habría evolucionado Rusia, si la Revolución de Octubre no hubiera sucedido. Pero, para cada país socialista en donde tenemos un hecho en contrario, que sea lo suficientemente plausible, en comparación, el socialismo no parece lucir como algo grandioso.

MIREN LOS RESULTADOS

En el caso de China, la mejor cosa cercana a ser un hecho en contrario es Taiwán. El despegue de Taiwán empezó una generación antes que China y, en la actualidad, Taiwán es más rico que el Reino Unido. Su historia tuvo un recorrido agitado, pero, a diferencia de la China de tierra firme, no tuvo hambrunas, ni campos de concentración, ni purgas masivas y tampoco ejecuciones en masa. Similarmente, si comparamos a Corea del Norte con Corea del Sur, a Alemania Oriental con Alemania Occidental y, (aunque admito que este es un poquito halado del rabo), a Cuba con Puerto Rico, notamos lo que empieza a parecerse a un patrón.

Pero, supongamos un hecho en contrario pesimista para Rusia: una aplastante derrota en la Primera Guerra Mundial, un colapso del gobierno de Kerensky, un período prolongado de caos e inestabilidad y, en última instancia, una restauración del Zarismo en una forma modificada. Incluso en tal caso, es difícil que éste habría sido peor que lo que sucedió en la realidad. El Imperio Ruso estaba al menos medio siglo detrás de Europa Occidental en términos de su desarrollo económico –pero la modernización ya había empezado a finales del período Zarista (modernization had already started in the late Tsarist period), y no hay razón de por qué no debería haber continuado.

No habría habido una colectivización forzosa de la agricultura y tampoco una eliminación de los Kulaks [Nota del traductor: los kulaks eran agricultores propios de la URSS, que eran dueños de propiedades y contrataban a trabajadores] y, en consecuencia, nada de hambrunas que mataron a millones.

La odiada policía secreta del Zar, que había sido desmantelada después de la revolución de febrero, puede haber hecho su regreso. El exilio forzoso y el trabajo obligatorio en Siberia ya existían bajo el Zarismo, y bien puede haber sido reanudado. Pero, estamos hablando de miles de personas (thousands of people), no de millones.

Suficiente acerca de Rusia. Sin la Revolución de Octubre y el surgimiento subsecuente de un poder militar socialista ávido de exportar su modelo, es difícil ver cómo el socialismo podía alguna vez extenderse a Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Albania, Bulgaria, Rumanía, Alemania Oriental, etcétera. De manera que, sin la Revolución de Octubre, no habría existido el Muro de Berlín ni la Stasi. [Nota del traductor: Stasi era el organismo de inteligencia de la República Democrática Alemana].

PERO ¡ESE NO ERA EL SOCIALISMO VERDADERO!

En este momento, Mason probablemente protestaría en cuanto a que él no está defendiendo a la Unión Soviética per se –sólo en sus etapas muy tempranas. La clave de lo que Mason en realidad está tratando de decir, aparece en su frase: “Yo […] fecho la degeneración de la revolución a principios de los años de 1920.” Esta es una importante elección de palabras. “Degeneración” es, en este contexto, un término Trotskista. Fue Trotsky quien había salido con la teoría de un “estado de los trabajadores degenerado.”

Lo que él dio a entender es que, en sus primeras etapas, la Unión Soviética era un genuino estado de los trabajadores, manejado para los trabajadores, por los trabajadores. Pero, entonces, a la larga, la burocracia soviética tomó el poder y se convirtió en una clase social de suyo propio, como los cerdos en La Granja de los Animales [de George Orwell]. La solución de Trotsky fue patear a los burócratas rojos y establecer un “verdadero” estado de los trabajadores. Es el primer ejemplo conocido de lo que pronto se convertiría en la excusa favorita de todos los socialistas en todas partes, siempre que fracasan sus ideas (como siempre sucede): “Pero, ¡ese no era el socialismo verdadero!” (But that wasn’t real socialism!).

Eso es lo que yo llamo el Engaño de Adiós Lenin (the Goodbye Lenin Delusion), la idea de que el socialismo podría haber resultado ser totalmente diferente. No podía y nunca lo podrá en ningún lado (It could not, and it never will anywhere), sin importar qué tan a menudo insistamos en intentarlo. Usted puede manejar una pequeña comuna agrícola (por ejemplo, un Kibutz israelita) como una democracia popular, en donde la gente se junta y todo lo decide conjuntamente. Pero, tan pronto que uno llega a un nivel mínimo de complejidad, empieza a descansar en la especialización, la delegación y la división del trabajo. Y, además, ¿quién quiere gastar todo su tiempo libre sentado en comités, debatiendo acerca de cuántas navajillas de rasurar “deberíamos” producir y cuántos hectolitros de cerveza “deberíamos” fermentar?

El socialismo no puede, nunca, en un sentido significativo, empoderar a los trabajadores. Siempre, simplemente le dará el poder a una élite tecnocrática.

La Revolución tuvo lugar durante dos días, el 7 y el 8 de noviembre, de forma que el aniversario es en esta semana. Disfrute de las celebraciones, Paul. Pero el jueves despertará con una terrible resaca, la cual -con justicia poética- será el aniversario de la Caída del Muro de Berlín.

Y, piensen, entonces, quiénes lo estarán celebrando.

Autor: Kristian Niemietz encabeza la sección de Salud y Bienestar del Institute of Economic Affairs de Londres.
Nota del Traductor: Para utilizar los ligámenes a fuentes del artículo, indicados entre paréntesis, con letra en roja y subrayada, puede hacerlo en la versión en inglés en aquí.

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