EL MONOPOLIO

NOTA DEL TRADUCTOR: Este artículo fue uno de sus últimos escritos antes de su fallecimiento en 1991. 1991.

Un monopolio es una empresa que es la única que vende un bien o un servicio. En ausencia de la intervención del gobierno, un monopolio es libre de fijar cualquier precio que escoge y usualmente fijará aquel precio que le brinda la máxima utilidad posible. Simplemente, ser un monopolio no requiere que una empresa rinda más utilidades, que las que obtienen otras empresas que encaran la competencia: el mercado puede ser tan pequeño que, con costos, hay apoyo para una sola empresa. No obstante, si, de hecho, el monopolio es más rentable que las empresas competitivas, los economistas esperan que otros empresarios ingresen al negocio, para capturar algunos de estos rendimientos mayores. Si ingresan suficientes rivales, la competencia disminuirá los precios y se elimina el poder monopólico.

Antes y durante el período de la economía clásica (aproximadamente de 1776 a 1850), la mayoría de las personas creía que este proceso de monopolios siendo erosionados por nuevas compañías, era algo generalizado. Pensaron que los únicos monopolios que podían persistir, eran aquellos que lograban que el gobierno excluyera a los rivales. Esta creencia fue muy bien expresada en un excelente artículo acerca del monopolio de la Penny Cyclopedia (1839, vol. 15, p. 741):

“Parece, entonces, que la palabra monopolio nunca fue usada en la ley inglesa, excepto cuando había un decreto real autorizando a que tan sólo una o más personas trataran o vendieran un bien o un artículo determinado. Si una cantidad de individuos se uniera para el propósito de producir algún artículo o bien, y si ellos tenían éxito en venderlo extensamente, y casi tan solo ellos, en el lenguaje popular se diría que tales individuos poseen un monopolio. Ahora bien, en el tanto en que esos individuos no tengan ventaja alguna dada a ellos por la ley, en comparación con y por encima de otras personas, es claro que pueden vender más de su producto en comparación con otras personas, si producen al producto de forma más barata y mejor.”

Inclusive hoy en día, los monopolios o cuasi-monopolios con mayor existencia en los Estados Unidos, se basan en las políticas del gobierno. El apoyo del gobierno es responsable de la fijación de los precios agrícolas por encima de los precios competitivos, de la propiedad exclusiva de los sistemas operativos de la televisión por cable, en la mayoría de los estados, de las franquicias exclusivas de los servicios esenciales públicos y de los canales de la radio y la televisión, del sistema de correos único –la lista tiene un amplio etcétera. Es posible que los monopolios que existen, independientemente del patrocinio gubernamental, se deban al pequeño tamaño del mercado (el único farmacéutico del pueblo) o que descansan en el liderazgo temporal de la innovación (como la empresa ALCOA -Aluminum Company of America- hasta la Segunda Guerra Mundial.)

¿Por qué los economistas objetan al monopolio? El argumento puramente “económico” en contra del monopolio es muy diferente de lo que se podrían esperar de los no economistas. Los monopolistas exitosos cobran precios por encima de los que se tendrían en competencia, de manera que los clientes pagan más y los monopolistas ganan (y, tal vez, sus empleados). Parece extraño, pero los economistas no ven razón para criticar a los monopolios, simplemente porque transfieren riqueza de los clientes hacia los productores monopolistas. Esto se debe a que los economistas no tienen forma de saber cuál de las dos partes se la merece –si el productor o el consumidor. Por supuesto, la gente (incluyendo a los economistas) puede objetar la trasferencia de riqueza con base en otras razones, incluyendo morales. Pero, como tal, la transferencia no constituye un problema “económico.”

En vez de ello, el caso puramente “económico” en contra del monopolio radica en que reduce el bienestar económico agregado (en oposición a simplemente lograr que unas personas estén peor y otras mejor en igual cantidad). Cuando el monopolista eleva los precios por encima del nivel competitivo, a fin de cosechar sus utilidades monopólicas, los clientes compran menos del producto y la sociedad, como un todo, queda peor. En resumen, el monopolio reduce el ingreso de la sociedad. El siguiente es un ejemplo simplificado.

Considere el caso de un monopolista, quien produce su producto a un costo fijo de $5 la unidad (en donde el “costo” incluye una tasa competitiva del rendimiento de su inversión). El costo es de $5, sin importar cuántas unidades hace el monopolista. No obstante, el número de unidades que él vende, depende del precio que cobra. El número de unidades que vende a un precio dado, depende de la tabla de “demanda,” tal como la que se muestra en el Cuadro 1.

El monopolista está mejor cuando limita su producción a 200 unidades, las cuales él las vende a $7 cada una. Así, él obtiene ganancias monopólicas (lo que los economistas denominan una “renta económica”) de $2 por unidad ($7 menos su costo de $5, lo cual, de nuevo, incluye una tasa competitiva del rendimiento de su inversión), multiplicadas por 200; esto es, $400 al año. Si él fabrica y vende 300 unidades, cada una a $6, él obtiene una ganancia monopólica de sólo $300 ($1 por unidad en 300 unidades). Si él fabrica y vende 420 unidades a $5 cada una, no obtiene ganancias derivadas del monopolio –tan sólo un rendimiento adecuado por el capital invertido en la empresa. Así, el monopolista es $400 más rico, debido a su posición monopólica con un precio de $7.


Cuadro 1: Tabla de Demanda


Precio Cantidad Demandada (unidades por año)

$7 200
$6 300
$5 420

Sin embargo, la sociedad queda peor.

Los clientes estarían contentos si pudieran comprar 220 unidades adicionales si el precio fuera de $5: la tabla de la demanda nos dice que ellos valoran las 220 unidades adicionales a precios que no caigan de $5, sino hasta que tengan las 420 unidades. Supongamos que esas 220 unidades adicionales tienen un precio promedio para los consumidores de $6. Estas 220 unidades adicionales costarían tan sólo $5 cada una, de manera que el consumidor ganaría 220 X $1 de satisfacción, si rigiera el precio competitivo de $5. Debido a que el monopolista cubriría sus costos produciendo las 220 unidades extras, él no perdería nada. Por lo tanto, producir las 220 unidades adicionales beneficiaría a la sociedad al tono de $220. Pero, el monopolista escoge no producir las 220 unidades extras, porque, al vender cada una en $5, él tendría que reducir el precio de las otras 200 unidades de $7 a $5. El monopolista perdería $400 (200 unidades multiplicadas por la reducción de $2 en el precio de cada unidad), pero los consumidores ganarían esos mismos $400. En otras palabras, vender a un precio competitivo transferiría $400 del monopolista a los consumidores y crearía un valor adicional de $200 para la sociedad.

El deseo de los economistas para lograr que el estado combata o controle a los monopolios ha experimentado un largo ciclo. Tan atrás como 1890, cuando fue aprobada la ley anti-monopolios Sherman, la mayoría de los economistas creía que la única política anti-monopólica que se necesitaba, era restringir el impulso del gobierno para otorgar privilegios exclusivos, tales como aquel que le fuera dado a la Compañía Británica de la India Oriental, para comerciar con la India. Pensaron que otras fuentes de dominio en el mercado, tales como una eficiencia superior, deberían ser permitidas de operar libremente, para beneficio de los consumidores, pues, en última instancia, los consumidores serían protegidos de precios excesivos por los rivales reales o potenciales.

Tradicionalmente, el monopolio fue identificado con un único vendedor y la competencia con la existencia de incluso unos pocos rivales. No obstante, los economistas, al variar su punto de vista en torno al monopolio y la competencia, favorecieron más las políticas anti-monopólicas. Con el desarrollo del concepto de la competencia perfecta, la cual requiere de un número vasto de rivales que produce una mercancía idéntica, muchas industrias fueron clasificadas como oligopolios (esto es, industrias con tan sólo unos pocos vendedores). Y los oligopolios, creían los economistas, con seguridad que a menudo tenían poder de mercado –el poder de controlar los precios ya fuera solos o en colusión.

Más recientemente y a riesgo de que fueran llamados volubles, muchos economistas (yo, entre ellos) hemos perdido, tanto nuestro entusiasmo acerca de una política anti-monopólica, como mucho de nuestro temor ante los oligopolios. El apoyo en declive para la política anti-monopólica se ha debido a los usos objetables para los que esa política ha sido puesta. La Ley Robinson-Patman, ostensiblemente diseñada para prevenir la discriminación de los precios (esto es, empresas que cobran precios diferentes por el mismo producto, a distintos compradores) ha sido, a menudo, utilizada para limitar la rivalidad, en vez de para aumentarla. Las leyes anti-monopólicas han impedido muchas fusiones útiles, especialmente fusiones verticales. (Una fusión vertical es cuando una compañía A compra otra empresa que le suple insumos a la empresa A o que vende el producto de A). Una herramienta favorita de los bucaneros legales es el juicio antimonopólico privado, en donde los demandantes exitosos son remunerados con montos triples a los daños sufridos.

¿Qué tan peligrosos son los monopolios y los oligopolios? ¿Qué tanto pueden ellos apropiarse de utilidades excesivas? Diversas formas de evidencia sugieren que los monopolios y un número pequeño de oligopolios, tienen un poder limitado para ganar mucho más que las tasas competitivas de rendimientos del capital. Un gran número de estudios ha comparado la tasa de rendimiento de la inversión, con el grado en que las industrias están concentradas (medido por la porción de ventas de la industria hechas por, digamos, las cuatro empresas más grandes). La relación entre rentabilidad y concentración es, casi que invariablemente, imprecisa: menos del 25 por ciento de la variación en las tasas de rentabilidad entre las industrias, pueden ser atribuida a la concentración.

Una ilustración más específica del efecto que el número de rivales tiene sobre el precio, puede encontrarse en el estudio de Reuben Kessel, acerca de las suscripciones de los bonos de los gobiernos estatales y locales. Sindicatos de banqueros de inversión hicieron ofertas por el derecho de vender una emisión de bonos de, digamos, el estado de California. El suscriptor exitoso pudo ofrecer 98.5 (esto es, $985 por un bono de $1.000) y, a su vez, buscar vender la emisión a los inversionistas en 100 ($1.000 por un bono de $1.000). En este caso, el “margen” del suscriptor sería de 1.5 (o sea, $15 por cada bono de $1.000).

En un estudio de miles de emisiones de bonos, después de corregir por el tamaño y la seguridad y otras características de cada emisión, Kessel encontró un patrón de los márgenes de los corredores, tal como se muestra en el Cuadro 2.

Para veinte o más oferentes -lo cual es, en la realidad, una competencia perfecta- el margen era de diez dólares. Un simple aumento del número de oferentes de uno a dos fue suficiente para reducir en la mitad al margen, por encima de lo que habría sido el nivel competitivo de diez dólares. Así, incluso un número pequeño de rivales puede dar lugar a una reducción en los precios hacia el nivel competitivo. Los resultados de Kessel, más que cualquier otro estudio en particular, me convencieron de que la competencia es una hierba dura de cortar y no una delicada florecilla.


Cuadro 2: Número de Oferentes y Margen de los Corredores


No. de Oferentes Margen de los Corredores

1 $15.74
2 $12.64
3 $12.36
6 $10.71
10 $10.23

Si una sociedad desea controlar al monopolio -al menos aquellos monopolios que no fueron creados por su propio gobierno- tiene tres opciones amplias. La primera, es la variedad estadounidense de la política anti-monopólica; la segunda, es la regulación pública y, la tercera, es la propiedad y la operación pública. Al igual que el monopolio, ninguna de estas es ideal.

La política anti-monopólica es cara de poner en práctica: la División Anti-Monopolios del Departamento de Justicia de los Estados Unidos tenía en el 2004 un presupuesto de $133 millones y el presupuesto de la Comisión Federal sobre el Comercio, era de $183 millones. Los demandados (quienes cada año también encaran cientos de juicios anti-monopólicos), probablemente gastan diez o veinte veces más. Además, el anti-monopolio se mueve muy lentamente. Toma años antes de que una práctica monopólica sea identificada y más años para lograr una decisión; él caso anti-monopolio, que condujo a la disolución de la empresa American Telephone and Telegraph, empezó en 1974 y estuvo bajo administración judicial hasta 1996.

La regulación pública ha sido la escogencia preferida en los Estados Unidos, empezando por la creación de la Comisión sobre el Comercio Interestatal en 1887 y que se extendió, de ahí hacia abajo, hasta llegar a la regulación municipal de los taxis y de las empresas que vendieran hielo. A pesar de ella, la regulación pública ha tenido el efecto de reducir o eliminar la competencia, en vez de eliminar al monopolio. La competencia restringida -y la cual resulta en mayores utilidades para los dueños de los taxis- es la razón por la cual, en la ciudad de Nueva York, los permisos para operar un taxi se vendieron en más de $150.000 en 1991 (en cierto momento de la década de 1970, un permiso así valía más que un puesto en la Bolsa de Valores de Nueva York). Es más, la regulación de los “monopolios naturales” (industrias, usualmente empresas de servicios públicos, en donde el mercado puede tan sólo dar soporte a una empresa que tenga el tamaño más eficiente para su operación) ha mitigado algún poder monopólico, pero, usualmente, introduce serias deficiencias en el diseño y operaciones de tales empresas de servicios públicos.

Un teorema famoso en economía afirma que una economía de empresas en competencia, producirá el mayor ingreso posible, a partir de una existencia dada de recursos. Ninguna economía, en la realidad, satisface las condiciones exactas del teorema y la economía de la realidad se quedará corta con respecto a la economía ideal –una diferencia llamada “fracaso del mercado”. No obstante, desde mi punto de vista, el grado de “fracaso del mercado” para la economía estadounidense, es mucho más pequeño que el “fracaso político,” el cual surge de las imperfecciones de las políticas económicas que se encuentran en los sistemas políticos de la realidad. Los méritos del laissez faire descansan, menos en sus fundamentos teóricos, que en sus ventajas sobre el desempeño real, de formas rivales de organización económica.


ACERCA DEL AUTOR
El desaparecido George J. Stigler era el Profesor de Servicio Distinguido Charles R. Walgreen, Economía en la Universidad de Chicago. También fue director del Centro para el Estudio de la Economía y del Estado. Recibió el Premio Nobel en Economía en 1982. El editor alteró el artículo ligeramente, tan solo para reflejar nuevos acontecimientos o para regresar a los pensamientos originales de Stigler contenidos en su borrador final.


LECTURAS ADICIONALES
Atkinson, Scott E., & Robert Halvorsen. “The Relative Efficiency of Public and Private Firms in a Regulated Environment.” Journal of Public Economics 29 (abril de 1986): 281–294.
Barro, Robert J. “Let’s Play Monopoly.” Wall Street Journal, 27 de agosto de 1991.
Boardman, Anthony E., & Aidan R. Vining. “Ownership and Performance in Competitive Environments.” Journal of Law and Economics 32 (abril de 1989): 1–34.
Bork, Robert H. The Antitrust Paradox. New York: Basic Books, 1978.
Harberger, Arnold C. “Monopoly and Resource Allocation.” American Economic Review 44, no. 2 (1954): 77–87.
Kessel, Reuben. “A Study of the Effects of Competition in the Tax-Exempt Bond Market.” Journal of Political Economy 79 (julio/agosto de 1971): 706–738.
Shepherd, William G. “Causes of Increased Competition in the U.S. Economy, 1939–80.” Review of Economics and Statistics 64 (noviembre de 1982): 613–626.
Stigler, George J. Memoirs of an Unregulated Economist. New York: Basic Books, 1988. Chap. 6.

Autores Invitados
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Este artículo pertenece a un autor invitado. Cada cierto tiempo publicamos artículos de los más importantes autores libertarios, liberales clásicos y amantes de la libertad.

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