EL LEGADO DE MARX

Una cantidad de mujeres (y de hombres) recientemente ha estado afirmando que las mujeres, que son tan productivas como los hombres, están siendo empleadas en promedio por tan solo cerca del 70 por ciento de la paga que se les da a aquellos y que las estadísticas así lo comprueban.

No voy a disputar en cuanto a comparaciones de los salarios verdaderos de los hombres y de las mujeres, sino en lo referente a la productividad. En un mercado en donde se permite la competencia entre empleadores y entre trabajadores, la situación atribuida no podría existir por mucho tiempo. Lo que la impediría, lo que la prevendría, es el egoísmo de los patronos.

Supongamos que hay una industria en donde tanto los trabajadores como las trabajadoras están produciendo lo suficiente, como para brindarle al patrono una utilidad agregada verificable de poco más de $10, pero en la que los trabajadores están recibiendo $10 por hora y las igualmente productivas trabajadoras, sólo $7 por hora.

Pronto se le ocurriría a algún patrono inescrupuloso y egoísta que, de aquí en adelante, sólo emplearía a mujeres, por lo cual obtendría una utilidad neta de $3 más por cada hora, que si sólo tuviera trabajadores. Dejaría irse a los hombres. Otros patronos seguirían su ejemplo, y por la misma razón. Pero, todo esto lo que significaría es que las trabajadoras empezarían a demandar salarios individuales mayores, hasta que su paga estuviera en condiciones de igualdad con lo que previamente recibían los hombres.

En otras palabras, los patronos egoístas preferirían ganar tan sólo $2 netos por hora al emplear trabajadoras a $8 la hora, en vez de ver que otros patronos que compiten con ellos obtienen $3 netos proveniente de las trabajadoras. Incluso escogerían obtener tan sólo $1 neto por hora, pagándoles a ellas $9 por hora, en vez de estarse quietos y mirar cómo otros patronos obtienen $2 netos de ellos. Esto continuaría hasta que los salarios prevalecientes para las trabajadoras sean muy cercanos a la productividad en términos de dólares de la mano de obra femenina. (En el largo plazo, por supuesto, no habría una reducción en la paga prevaleciente para los hombres, porque su productividad haría que aún fuera rentable emplearlos a esa tasa).

Para afirmar esto de manera más breve y con mayor claridad, cualquier patrono sería un tonto en contratar trabajadores a $10 la hora, cuando podría contratar mujeres igualmente productivas a $7 la hora. Es verdad que hay condiciones especiales, temporales y localizadas, en donde la productividad puede no ser el factor dominante para determinar los niveles de salarios. Por ejemplo, es el caso de un pueblo pequeño en donde tan solo hay una fábrica, la cual no es lo suficientemente grande como para emplear a toda la población trabajadora del pueblo, en que los salarios pagados por esa fábrica pueden caer por debajo del nivel de productividad del trabajador. Pero, esto tendería a mostrar que tan sólo es una situación temporal. Es posible que dos acontecimientos la cambien. El exceso de trabajadores desempleados empezaría a irse hacia otros pueblos. Y los dueños de la fábrica se verían tentados a reinvertir sus utilidades y a expandir sus operaciones.

Hasta el momento, he estado escribiendo acerca de factores que tienden a eliminar la discriminación salarial con base en razones de sexo, en donde exista. Pero, las mismas consideraciones también tenderían a eliminar la discriminación salarial con base en el color, la raza, la nacionalidad u otras razones. Si persisten tales diferencias salariales, ellas tenderían a reflejar diferencias verdaderas en productividad.

Permítanme llevar mi argumentación un gran paso hacia adelante. El egoísmo de los patronos individuales es la fuerza que, bajo el capitalismo competitivo, aumenta los salarios hasta una cercanía con el valor de la productividad de los trabajadores.

Por supuesto, nunca se dan las condiciones de una competencia perfecta; de pleno conocimiento acerca de las oportunidades propias de ambas partes, el patrono y el empleado. Hay accidentes individuales, inmovilidades, prejuicios y otros factores, que previenen que el sueldo o el salario de todo mundo corresponda a aproximadamente el valor de su contribución o producto. Pero esa correspondencia es la tendencia dominante en el largo plazo.

No hay nada de original en esta explicación. Simplemente he estado planteando, de hecho en una forma inusual, lo que se conoce como la teoría de los salarios determinados por la productividad marginal. Esta es la teoría que sostiene una mayoría casi general de los economistas serios de la actualidad.

LA TEORÍA DEL VALOR SEGÚN DE LA PRODUCTIVIDAD MARGINAL

Esta teoría fue asombrosamente tardía en su desarrollo. No hizo su aparición sino hasta el puro final del siglo XIX, con los trabajos principales de los economistas austriacos Carl Menger (1871), Friedrich von Wieser (1884) y Eugen von Böhm-Bawerk (1884) y de otro economista estadounidense, John Bates Clark (1899).

¿Por qué su desarrollo tomó tanto tiempo? Fue así porque el campo ya estaba ocupado por otras teorías –teorías equivocadas. ¿Y cómo, a la vez, se inició? Empezó parcialmente debido a errores de escritores, quienes en algunos aspectos, eran pensadores agudos e incluso profundos. El primero de ellos fue el economista David Ricardo (1772-1823), quien, mediante el razonamiento abstracto, desarrolló una teoría del valor-trabajo en donde las contribuciones de la inversión del capital, la iniciativa, la invención y la administración, de alguna manera quedaron enterradas.

Luego apareció Marx. Partiendo ostensiblemente de Ricardo, presentó una teoría de los salarios basada en la “explotación” pura, y declaró rotundamente que, en tanto que el “sistema capitalista” continuara en existencia, no podría darse una mejoría verdadera en la condición de los trabajadores.

Esta afirmación fue formulada a pesar de cierto progreso sumamente notorio en las condiciones económicas de las “masas” antes de 1848, cuando fue publicado el Manifiesto Comunista y, desde luego, durante los 35 años que le quedaban de vida a Marx.

Sin duda que había alguna excusa acerca del fracaso de Marx en notar esta mejoría. En años tempranos de su vida aún existían algunas reliquias del sistema medieval. Grandes pedazos de tierra eran aún propiedad de príncipes, duques y barones, y el hombre que labraba la tierra era a menudo obligado a pagar rentas excesivas. La producción era, de acuerdo con nuestros estándares actuales, increíblemente baja. Los bienes de capital -herramientas, instrumentos, maquinaria, vehículos y otros equipos- eran todavía raros, toscos y primitivos. Había una escasez de burros, caballos y otros animales para las fincas. En las granjas, los seres humanos eran forzados a soportar demasiadas cargas sobre sus espaldas, tal como hoy todavía lo hacen en China [Nota del traductor: este artículo fue publicado en el 2004]. Tan sólo muy lentamente se produjeron más bienes de capital. El gran volumen de trabajo se dirigió a producir los alimentos de mañana y otros bienes de primera necesidad.

Pero, veamos ahora el texto propiamente dicho del Manifiesto Comunista. Ese documento, de aproximadamente 40 páginas, fue parcialmente escrito por Karl Marx y Friedrich Engels como un llamado para la guerra civil -“¡Trabajadores de todo el mundo, uníos!- en parte como propaganda y parciaLmente como explicación a los trabajadores de las teorías económicas del comunismo. No obstante, el lector buscará en vano encontrar estas teorías desarrolladas de alguna forma razonada.

Se nos dice que hay dos tipos principales de clases en una sociedad –el “proletariado”, que consiste de los “trabajadores”, empleados o desempleados y que consiste de cerca de nueve décimas de la población, y la “burguesía”, la cual está constituida por los empleadores y otros pequeños grupos que están confortablemente bien. La burguesía gobierna. Ellos contratan al proletariado y, debido a que lo hacen, necesariamente los “explotan”. La única forma en que se puede cambiar esta terrible situación es por medio de la revolución, en donde el proletariado debe apoderarse de toda la propiedad de los burgueses y, si ellos objetan, mátenlos.

EL DOGMA MARXISTA DE LA EXPLOTACIÓN

No se ofrece explicación alguna en el Manifiesto acerca de cómo es posible esta “explotación” y cuál su alcance exacto. La palabra implica que los empleadores les pagan a sus trabajadores sólo una fracción de lo que ellos valen –de lo que ellos agregan a la producción o a las utilidades. La fracción no es citada. Digamos que es de sólo un 50 por ciento. Al estar patronos específicos haciendo una ganancia tan grande con dicha tasa y dado que, obviamente, querrían contratar más trabajadores quitándoselos a otros patronos, ¿qué les detiene para así hacerlo? La teoría de la explotación implica que los patronos deben todos formar parte de un acuerdo secreto para mantener los salarios bajos hasta un nivel casi de supervivencia y mantener el acuerdo por medio de penalizaciones sumamente drásticas en contra de los patronos humanos, si es que hay alguno, que intenten ofrecer más. “El precio promedio del trabajo laboral es el salario mínimo, esto es, esa cantidad de medios de subsistencia que es el requisito absoluto para mantener al trabajador en lo básico de su existencia como un obrero.”

Todo esto es pura ficción. La teoría de la explotación implica que el nivel de salarios no puede aumentar. Al tratar de sostener tal cosa, el Manifiesto rápidamente cae en inconsistencias y auto contradicciones. Se nos dice que: “La burguesía, por el rápido desenvolvimiento de los instrumentos de producción… arrastra a la corriente de la civilización hasta las naciones más bárbaras. La baratura de sus productos es la artillería gruesa que bate en brecha todas las murallas de la China…. La burguesía, desde su advenimiento de apenas hace un siglo, ha creado fuerzas productivas más variadas y colosales que todas las generaciones pasadas tomadas en conjunto,” con “poblaciones enteras surgiendo de la tierra como por encanto.”

Sin embargo, esta producción enormemente incrementada no habría sido posible sin un consumo igualmente incrementado. El aumento de la población que fue hecho posible por la producción aumentada, debe haber consistido principalmente de proletarios y, en sí, la producción incrementada debe de haber sido hecha posible en respuesta a una demanda incrementada. Esta demanda debe de haber sido hecha posible por un poder de compra más elevado y, a su vez, ello ya sea por salarios mayores o por precios menores. A pesar de ello, en ningún lado del Manifiesto se reconoce esta cadena necesaria de causalidad. El dogma de la explotación cegó a Marx ante lo evidente.

El Manifiesto continúa agravando más sus errores económicos. Obviamente el capital -el cual es más útilmente pensado como bienes de capital- se utiliza porque incrementa la producción. Y, debido a que aumenta la producción, debe elevar el ingreso de su propietario o el del que lo usa. El carpintero no iría a ningún lado sin el uso de martillos, sierras, cinceles e incluso de una maquinaria más elaborada. Y sucede igual con otros artesanos. Estas herramientas y máquinas deben, al menos, prometer que “se pagan por sí mismas” antes de que sean adquiridas.

Aun así, encontramos a los autores del Manifiesto escribiendo: “la carga del trabajo se acrecienta en la misma proporción en que lo hace el uso de la maquinaria y la división del trabajo, al incrementarse el rendimiento exigido en un tiempo dado, ya sea por la prolongación de la jornada laboral, o por la aceleración del movimiento de las máquinas; etc.” (Las letras en cursiva son del autor del artículo). Aún si la reducción en las horas de trabajo semanales registradas a través de los años no mostrara que esta afirmación del Manifiesto es falsa, era un sinsentido que caía por su propio peso. No obstante, Marx y Engels continúan: “¡…la máquina borra toda diferencia en el trabajo y reduce casi en todas partes el salario en el mismo nivel! (La palabra en cursiva es del autor del artículo).

EL REGISTRO HISTÓRICO

No obstante, partir de la década de 1830, el registro histórico muestra una reducción de las horas y un aumento en los salarios a partir de la introducción de maquinaria. El profesor W.H. Hutt, en su ensayo The Factory System of the Early Nineteenth Century [El sistema fabril de principios del siglo XIX], escribe: “El que los beneficios visibles de las primeras Leyes de Fábricas sean en buena parte ilusorios lo sugiere la constante mejora que estaba sin duda teniendo lugar antes de 1833, en parte como consecuencia del desarrollo del propio sistema fabril.” (Capitalism and the Historians [El Capitalismo y los Historiadores], editado por F.A. Hayek, p. 181).

Tooke y Newmarch en su libro A History of Prices From 1792 to 1856, publican extractos de un reporte emitido por el Chambelán de la Ciudad de Glasgow en 1856. Éste registra que en 1856 los salarios de los trabajadores calificados en los servicios de la construcción (albañiles, carpinteros y ensambladores) aumentaron un 20 por ciento del nivel de 1850-1 y los salarios de los trabajadores no calificados, en un 48 por ciento en el mismo período. Él lo atribuye principalmente a una “producción aumentada como consecuencia de mejoras en la maquinaría.”

“Debe tenerse en mente”, agrega él, “que los tejedores y los hilanderos trabajaban 69 horas a la semana en 1841 y sólo 60 horas en 1851-6 y, por lo tanto, recibieron en 1851-6 más dinero por menos trabajo.” También él hace notar en otro punto que en 1850: “El número de horas por semana laboradas por los albañiles, los carpinteros y otros artesanos empleados en las actividades de la construcción, era de 60 horas, o seis días de 10 horas cada uno, con una deducción de 1 y 1/2 horas para las comidas. A partir de 1853, el tiempo semanal se ha reducido a 57 horas.”

Para el caso de los Estados Unidos (que parece haberse retrasado grandemente detrás de Inglaterra), la publicación oficial Historical Statistics of the U.S.: Colonial Times to 1957, reporta (p. 90) que en 1860, el promedio ponderado de horas laborales en todas las industrias era de 11 horas al día (de lunes a sábado, inclusive) y que, para 1891, aquel se había reducido a 10 horas. En 1890, la semana de trabajo era de 60 horas (6 días de 10 horas) y para 1926 se había reducido a 50.3.

Recientes ediciones de publicaciones gubernamentales, el anual Statistical Abstract y el actualmente mensual Economic Indicators, muestran que el promedio de horas en la manufactura cayó de 51 por semana en 1909 a 39.8 en 1957 y a 35 en 1985. En otras palabras, las horas promedio de trabajo por semana bajo el capitalismo muestran un descenso constante por casi un siglo y medio.

En el Manifiesto, nuestros autores con frecuencia mencionan cómo “la competencia entre los trabajadores” subvierte la solidaridad y reduce los salarios. Sin embargo, aquellos nunca reconocen la existencia de competencia entre los empleadores para conseguir trabajadores. Es precisamente eso lo que hace que aumenten los salarios hasta el valor de la contribución específica de los trabajadores a la producción. Y esto no es debido a que los patrones tienen o necesitan tener algunos motivos altruistas, sino simplemente la motivación de maximizar sus propias utilidades individuales.

LA SÚPLICA OMINOSA POR EL ODIO

El propio Karl Marx debe más tarde haber sentido muchas dudas, en torno a la ausencia de alguna explicación real del maléfico funcionamiento del sistema económico existente, que él había retratado en el Manifiesto. Fue así como en 1867 publicó (en alemán) un volumen titulado Das Kapital. Éste aparentemente se proponía ser el primero de volúmenes ulteriores, pero, aunque Marx vivió hasta 1883, nada más se apareció. Algunos comentaristas han asumido que Marx había llegado a un callejón sin salida y que no podía decidir cómo continuar. Después de que Marx murió, Engels se propuso “completar” el trabajo en tres volúmenes, suplementando los manuscritos no terminados de su amigo. El economista austriaco, Eugen von Böhm-Bawerk demolió completamente el argumento del trabajo terminado, en su obra Karl Marx and the Close of His System [La Conclusión del Sistema Marxiano] (1896), una refutación magistral que no tiene por qué ser hecha de nuevo.

Permítanme recordarle al lector, una vez más, que la tesis con la cual empecé esta pieza -que el supuesto de una competencia pura egoísta de parte de los empleadores, sería suficiente para explicar cómo los trabajadores, en promedio, reciben prácticamente el valor pleno de su contribución productiva- es tan sólo una forma novedosa de presentar la teoría de los salarios basada en la productividad marginal, ahora aceptada por una casi apabullante mayoría de los economistas de la actualidad. La confirmación fáctica de esa teoría es particularmente impresionante en los Estados Unidos. Los reportes anuales de las ganancias no financieras de las empresas, yendo hacia atrás más de treinta años, muestran que los empleados de hoy reciben como salarios, en promedio, alrededor de un 90 por ciento de las ganancias brutas de las empresas y los accionistas sólo alrededor de un 10 por ciento, como sus utilidades. De hecho, el ingreso personal de un hombre a menudo parece que tiene poco que ver con que si es técnicamente un empleado o un patrono. Una estrella del beisbol, futbol, basquetbol o boxeo profesional puede recibir un ingreso en el rango del millón de dólares, muy por encima de aquel promotor que técnicamente le emplea. Es el resultado de la “productividad” de la estrella –de su atractivo en la taquilla. Es la competencia entre promotores, patronos, la cual ocasiona este resultado.

LOS CAPITALISTAS EGOÍSTAS VERSUS EL MANIFIESTO COMUNISTA

Desde un punto de vista de sentido común, la súplica del Manifiesto por la violencia y la guerra de clases parece ser enteramente innecesaria. Si el proletariado (nueve décimas de la población, presuntamente) estuviera mejor en una economía comunista, todo lo que sería necesario es que eso ellos lo tuvieran bien claro y podría confiarse en que votarían por sí mismos para llegar al poder y a que se lograra dicha economía. (La democracia estaba emergiendo en Gran Bretaña en 1848 y, para los blancos, ya funcionaba en los Estados Unidos.)

Pero tal llamamiento brindó una pequeña promesa de iniciar un “movimiento” o de conducir a una acción política temprana. Marx y Engels eran agitadores, activistas –y hábiles sicólogos. Ellos sabían que la mayoría de la gente que propiamente se encuentra en el fondo de la escala económica, sería tentada a culpar, no a sí misma, sino principalmente a alguien más. Sin embargo, la teoría de la explotación, no importa qué tan débil fuera como doctrina económica, era, psicológicamente, de una tremenda persuasión y como un llamado para la acción. Era parte esencial de su propaganda.

Así que, incluso en su propia época, aun cuando el Manifiesto Comunista fracasó completamente como guía económica, tuvo un éxito total en inculcar el odio entre clases. Desafortunadamente, este odio ha sido su contribución más permanente. En su origen era dirigido ostensiblemente en contra de una clase especial, la burguesía -los patronos y todos aquellos que comparativamente estaban mejor- en venganza por “explotar” a los trabajadores.

Pero, con el paso de los años, el objetivo de este odio ha cambiado silenciosamente. En el tanto en que la clase que daba empleo en Rusia fue liquidada por diversos medios, un grupo todavía existente tenía que ser sustituido. Para mantenerse en el mando, una dictadura debe continuar señalando la existencia de un enemigo poderoso que ha de ser temido y destruido. Para su fortuna, tal enemigo todavía puede ser señalado. Son las naciones “capitalistas” como un todo, en especial los Estados Unidos. Sesenta y ocho años después de la Revolución Bolchevique, la población de los Estados Unidos se encuentra notoriamente mejor que la población de la Unión Soviética. Aun cuando a los niños de las escuelas rusas se les enseña que nosotros somos una nación “imperialista”, el “proletariado” estadounidense está tácitamente incluido, tal como en otra época explícitamente lo fue la “burguesía” rusa, como personas que habrán de ser envidiadas y, de alguna manera, responsabilizadas del aprieto de los países manejados por los comunistas.

Este temor y odio nuevamente dirigidos son ominosos. Han conducido a una enorme acumulación de armamentos en Rusia y al desarrollo y almacenamiento de múltiples armas nucleares, que están obligado al Oeste a tratar de mantener una paz incómoda. Ninguno de nosotros puede prever el resultado final.

Henry Hazlitt (1894-1993) fue el gran periodista económico del siglo XX. Es el autor de Economía en una lección, entre otros 20 libros. Fue el principal escritor de editoriales del New York Times y escribió semanalmente para la revista Newsweek. Sirvió en su capacidad como editor de The Freeman y fue miembro de la Junta Directiva de la Fundación para la Educación Económica.

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Este artículo pertenece a un autor invitado. Cada cierto tiempo publicamos artículos de los más importantes autores libertarios, liberales clásicos y amantes de la libertad.

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